
Estábamos en un sitio y había mucha nieve por el suelo… y …. Pero todos los árboles del valle se habían convertido como en álamos o algo parecido. Era como si hubiésemos entrado en un mundo completamente distinto. No había tanta nieve en esa otra zona, pero el suelo estaba encharcado, completamente encharcado y había musgo por todas partes. Allí había una valla blanca con una portezuela. La valla rodeaba la casa y todo estaba recubierto de musgo. Todo lo que era madera estaba empapado en agua. Se abrió la puerta y el papel de las paredes, el suelo… No recuerdo si había muebles, pero en cada habitación, el papel de las paredes estaba medio despegado, ¿sabes?, y la escayola rezumaba agua. Era como una casa real, en toda regla, pero en un estado de abandono total. Miré a través de una grieta que había en la pared a la habitación contigua. Una chica completamente desnuda. Su cuerpo parecía estar helado y ese color morado púrpura… Se abrazaba a sí misma y caminaba en círculos por la habitación, a veces cambiaba el sentido de su marcha y seguía caminando. Las paredes grises casi deterioradas. Y su paso firme, a buen ritmo. Estuve observándola durante largo rato. Me tapé el cuello con la bufanda retomando el camino, mientras mis zapatos, algo marrones ya, seguían pisando charcos. Me dirigí a la parte trasera y encontré unas cajas apiladas con trozos de madera en su interior, quizá para la chimenea. Sobre éstas había una bolsa de papel, nuevecita, colocada cuidadosamente. La abrí y contenía un abrillantador de zapatos, un peine, un cepillo de dientes, dentífrico y una estampita de Jesús. ¿A que es genial? Y lo mejor es que yo no tenía nada de eso, así que me vino muy bien.