
Abrí los ojos. Por un segundo pensé que me había quedado ciego, no podía ver nada, todo era de un blanco radiante que me hacía entornar los párpados. Poco a poco comencé a visualizar la habitación, estaba repleta de cuerpos semidesnudos. Hombres, mujeres, tetas grandes, tetas pequeñas, pollas grandes, pollas pequeñas, barbas, culos, bragas, sujetadores, calzoncillos y cigarros. El aire estaba muy cargado y me costaba algo de trabajo respirar, empecé a agobiarme, necesitaba abrir una ventana. Me quité las sábanas y descubrí todo mi pecho lleno de arañazos, joder vaya fiera. Me puse la camisa llena de manchas de alcohol, me subí los pantalones y atravesé toda aquella sala de cuerpos de puntillas para abrir la ventana y sacar la cabeza fuera, durante un buen rato. Iba de puntillas, no me apetecía despertar a nadie, no quería que nadie me contase lo sucedido o me diese información innecesaria. Simplemente cogería mis cosas y me marcharía de aquel lugar. Mientras el viento del exterior corría por mi cara intenté averiguar qué día era; tras un momento caí en la cuenta de que era fin de semana, domingo por la mañana. Mierda, acababa de volver a faltar al trabajo, tenía turno completo y otra vez había faltado, era la tercera vez en aquella semana. Ya podía hacerme la idea de que ésta vez no habría segundas oportunidades. Quería volver a casa. Fui hacia la puerta y sin querer le pisé una mano a una chica, bastante gorda por cierto. Dio un tremendo grito que me penetró en la sien provocándome un fuerte pinchazo en la cabeza. Salí de allí corriendo.
Iba por la Alameda Principal hacia la parada de autobús. Había mucha gente en la calle, principalmente, parejas jóvenes, familias y pequeños grupitos de anciano que habían quedado para tomar café; esos grupos de viejos cada día iban reduciéndose, como si se tratasen de judíos en campos de exterminio, los cuales tenían que asistir a trabajos forzados, y los grupos se iban reduciendo o entraban otros nuevos. Aquellos que se fijaban en mi ponían cara de indignación y asombro e intentaban en lo posible no acercarse a mi. Me encantaba esa sensación. Me encantaban los domingos de vuelta a casa.
Al llegar me di una ducha y me bebí una cerveza. La televisión no funcionaba. Bajé las escaleras hacia la segunda planta y llamé a la puerta de Mandy, pero no me hizo falta esperar, estaba entre abierta. Pasé dentro y no escuchaba nada. Entré en la cocina y vi sangre, sangre oscura y pastosa por todo el suelo seguí el rastro hasta el lavadero y allí estaba Mandy, con medio cuerpo dentro de la lavadora y el otro medio cuerpo colgando por fuera. Menos mal que a quien hizo eso no se le ocurrió poner la lavadora en marcha, sino, el suelo estaría encharcado de agua jabón y sangre. Eso me hubiese hecho vomitar, pero no fue así. Abrí la nevera, cogí una cerveza bien fría, me senté en el sofá y encendí la tele. Acababa de empezar "Aquellos maravillosos años", me gustaba esa serie.