
Los exámenes de junio estaban al caer. Nunca he sido una mala estudiante, pero tampoco podría definirme como algo fuera de lo normal, digamos que soy del montón, más de lo mismo.
No podía parar de darle vueltas a la cabeza sobre cómo iba a preparar el examen de Retórica y Medios de la Comunicación. La única posibilidad era ira tutoría del profesor D. Enrique Gómez, a preguntarle sobre mis dudas y reflexiones; pero todos los estudiantes de periodismo sabíamos de sobra que las tutorías con ese profesor no eran cosa agradable. No me quedaba otra, no podía permitirme otro verano preparando asignaturas para septiembre, éste iba a ser especial, Luís había organizado un viaje a la ciudad del amor, París. Tenía que aprobar de cualquier forma.
Me dirigí al tablón donde colgaban el calendario de horas de tutorías y despachos. Solo quedaban 5 minutos para que terminase la de Enrique. Subí corriendo a la segunda planta buscando el despacho número 237. Aquella planta me imponía respeto, algunas puertas entre abiertas, otras cerradas a cal y canto, pero silencio era lo que más abundaba. Girando el pasillo a la derecha, justo al lado del servicio de chicos me topé con Enrique; un pequeño golpe contra su espalda hizo que la carpeta se me cayera al suelo. Al agacharme sentí un escalofrío en la espalda. Notaba como su mirada se metía a través de mi escote intentando visualizar cualquier cosa que le pusiera la polla dura.
Me levanté rápido y algo nerviosa. Me miró con una sonrisa de oreja a oreja y educadamente me preguntó si necesitaba ayuda.
– Ah, pues esto… venía a preguntarle unas cuantas dudas sobre el examen de pasado mañana, se que ya ha terminado su hora de tutoría pero es que no he podido venir antes.
– Tú eres Cristina, ¿no es así?, déjame pensar…de 2. A.
– Eso es D. Enrique.
– Pues hija, ahora mismo tengo que marcharme ya que mi mujer lleva esperándome media hora histérica perdida porque ha perdido el autobús y no puede volver a casa. Maldita golfa... (dijo entre dientes). Pero tengo una idea, hoy mi mujer trabaja hasta tarde, ya que le llega un gran pedido a la tienda y tiene que hacer recuento, etiquetar y todo ese follón. ¿Por qué no te pasas por mi casa y resolvemos esas dudillas?
– (Me quedé inmóvil durante unos segundos, no sabía qué decir, pero eran tantas las ganas de aprobar que tenía, que no me podía permitir ir al examen de esa manera). Bueno, está bien, va a ser rápido porque hoy no puedo llegar a casa tarde.
– Sin problema preciosa :) (sonrisa de pervertido), pásate sobre las 7, calle Samuel Beckett 35, junto a la nueva ferretería.
– Hasta luego Enrique.
– Adiós encanto.
La comida no me supo a nada y al terminar, me fui a mi cuarto para anotar todas las preguntas de tal manera que el proceso fuese rápido y marcharme de su lo antes posible. Fue difícil decidir qué ropa me tenía que poner, ya que quería ir lo más simple posible, y la mayoría de mi indumentaria estaba formada por camisetas escotadas y pequeños pantaloncitos pero opté por una camiseta blanca lisa y unos vaqueros oscuros.
Me despedí de mi madre que estaba viendo la televisión y me subí al autobús dirección centro. 10 minutos más tarde estaba en el portal 35 de la calle S. Beckett. Llamé al telefonillo… nadie contestaba. Esperé un instante y al volver a acercar el dedo para pulsar el botón abrieron la puerta del portal. Era Enrique.
Subimos al segundo C, y al abrir la puerta pude ver una mesa en el salón que parecía haber habilitado para la reunión entre él y yo. Una lámpara con luz tenue estaba en una esquina y sobre la mesa había una botella de agua con dos vasos. Bueno, la cosa no parece estar tan mal ni ser tan escalofriante como había pensado, aunque Enrique se movía de una manera un tanto extraña, como si tuviera prisa por algo, una hiperactividad fuera de lo común en él.
Me senté en un lado de la mesa y él en el opuesto, saqué mi listado de preguntas y estuvimos largo rato tratándolas.
- ¿Me disculpas pequeña? Necesito ir al baño un segundo.
- No se preocupe yo le espero aquí.
Pasaron como 5 minutos y Enrique no salía del baño, sin pensarlo me dirigí hacia la puerta entre abierta, no podía verlo ya que estaba tras ésta, sin embargo el espejo que colgaba en el interior reflejaba la postura del profesor. Estaba agachado de rodillas sosteniendo una pequeña bandeja, no sabía bien lo que hacía pero me pareció oírlo esnifando. Al intentar acercar más mi oreja di un pequeño resbalón y ésta se abrió de par en par. Enrique se irguió rápidamente tirando al suelo un pequeño espejo que se rompió al instante. Estaba de coca hasta las cejas. Pude ver cómo me miraba con los ojos completamente abiertos. No sabía que hacer, mis pies no se podían mover. Hizo una serie de gestos que lo tiraron al suelo, allí tendido empezó a dar espasmos y a expulsar salivas y vómito por la boca, se agarraba el pecho con ambas manos e intentaba decir algo.
Me di la vuelta dejando la puerta abierta, escuchando cómo Enrique se revolvía entre su propia mierda, busqué en las estanterías, cajones y finalmente encima del ordenador. Allí estaba; una pequeña carpeta azul que contenía el examen de Retórica. Saqué una libreta y anoté todo rápidamente.
Me fui dando un portazo.
El examen fue exactamente igual al que me había preparado, solo que quien lo repartió y vigiló no era Enrique, se trataba de la secretaria de la facultad. No podíamos preguntar ni una duda. A mi no me importó, me lo sabía todo. Mi verano iba a ser fantástico.





