sábado, 29 de noviembre de 2008

D. Enrique Gómez, profesor de Retórica


Los exámenes de junio estaban al caer. Nunca he sido una mala estudiante, pero tampoco podría definirme como algo fuera de lo normal, digamos que soy del montón, más de lo mismo.
No podía parar de darle vueltas a la cabeza sobre cómo iba a preparar el examen de Retórica y Medios de la Comunicación. La única posibilidad era ira tutoría del profesor D. Enrique Gómez, a preguntarle sobre mis dudas y reflexiones; pero todos los estudiantes de periodismo sabíamos de sobra que las tutorías con ese profesor no eran cosa agradable. No me quedaba otra, no podía permitirme otro verano preparando asignaturas para septiembre, éste iba a ser especial, Luís había organizado un viaje a la ciudad del amor, París. Tenía que aprobar de cualquier forma.
Me dirigí al tablón donde colgaban el calendario de horas de tutorías y despachos. Solo quedaban 5 minutos para que terminase la de Enrique. Subí corriendo a la segunda planta buscando el despacho número 237. Aquella planta me imponía respeto, algunas puertas entre abiertas, otras cerradas a cal y canto, pero silencio era lo que más abundaba. Girando el pasillo a la derecha, justo al lado del servicio de chicos me topé con Enrique; un pequeño golpe contra su espalda hizo que la carpeta se me cayera al suelo. Al agacharme sentí un escalofrío en la espalda. Notaba como su mirada se metía a través de mi escote intentando visualizar cualquier cosa que le pusiera la polla dura.
Me levanté rápido y algo nerviosa. Me miró con una sonrisa de oreja a oreja y educadamente me preguntó si necesitaba ayuda.
– Ah, pues esto… venía a preguntarle unas cuantas dudas sobre el examen de pasado mañana, se que ya ha terminado su hora de tutoría pero es que no he podido venir antes.
– Tú eres Cristina, ¿no es así?, déjame pensar…de 2. A.
– Eso es D. Enrique.
– Pues hija, ahora mismo tengo que marcharme ya que mi mujer lleva esperándome media hora histérica perdida porque ha perdido el autobús y no puede volver a casa. Maldita golfa... (dijo entre dientes). Pero tengo una idea, hoy mi mujer trabaja hasta tarde, ya que le llega un gran pedido a la tienda y tiene que hacer recuento, etiquetar y todo ese follón. ¿Por qué no te pasas por mi casa y resolvemos esas dudillas?
– (Me quedé inmóvil durante unos segundos, no sabía qué decir, pero eran tantas las ganas de aprobar que tenía, que no me podía permitir ir al examen de esa manera). Bueno, está bien, va a ser rápido porque hoy no puedo llegar a casa tarde.
– Sin problema preciosa :) (sonrisa de pervertido), pásate sobre las 7, calle Samuel Beckett 35, junto a la nueva ferretería.
– Hasta luego Enrique.
– Adiós encanto.

La comida no me supo a nada y al terminar, me fui a mi cuarto para anotar todas las preguntas de tal manera que el proceso fuese rápido y marcharme de su lo antes posible. Fue difícil decidir qué ropa me tenía que poner, ya que quería ir lo más simple posible, y la mayoría de mi indumentaria estaba formada por camisetas escotadas y pequeños pantaloncitos pero opté por una camiseta blanca lisa y unos vaqueros oscuros.
Me despedí de mi madre que estaba viendo la televisión y me subí al autobús dirección centro. 10 minutos más tarde estaba en el portal 35 de la calle S. Beckett. Llamé al telefonillo… nadie contestaba. Esperé un instante y al volver a acercar el dedo para pulsar el botón abrieron la puerta del portal. Era Enrique.
Subimos al segundo C, y al abrir la puerta pude ver una mesa en el salón que parecía haber habilitado para la reunión entre él y yo. Una lámpara con luz tenue estaba en una esquina y sobre la mesa había una botella de agua con dos vasos. Bueno, la cosa no parece estar tan mal ni ser tan escalofriante como había pensado, aunque Enrique se movía de una manera un tanto extraña, como si tuviera prisa por algo, una hiperactividad fuera de lo común en él.
Me senté en un lado de la mesa y él en el opuesto, saqué mi listado de preguntas y estuvimos largo rato tratándolas.
- ¿Me disculpas pequeña? Necesito ir al baño un segundo.
- No se preocupe yo le espero aquí.

Pasaron como 5 minutos y Enrique no salía del baño, sin pensarlo me dirigí hacia la puerta entre abierta, no podía verlo ya que estaba tras ésta, sin embargo el espejo que colgaba en el interior reflejaba la postura del profesor. Estaba agachado de rodillas sosteniendo una pequeña bandeja, no sabía bien lo que hacía pero me pareció oírlo esnifando. Al intentar acercar más mi oreja di un pequeño resbalón y ésta se abrió de par en par. Enrique se irguió rápidamente tirando al suelo un pequeño espejo que se rompió al instante. Estaba de coca hasta las cejas. Pude ver cómo me miraba con los ojos completamente abiertos. No sabía que hacer, mis pies no se podían mover. Hizo una serie de gestos que lo tiraron al suelo, allí tendido empezó a dar espasmos y a expulsar salivas y vómito por la boca, se agarraba el pecho con ambas manos e intentaba decir algo.
Me di la vuelta dejando la puerta abierta, escuchando cómo Enrique se revolvía entre su propia mierda, busqué en las estanterías, cajones y finalmente encima del ordenador. Allí estaba; una pequeña carpeta azul que contenía el examen de Retórica. Saqué una libreta y anoté todo rápidamente.
Me fui dando un portazo.

El examen fue exactamente igual al que me había preparado, solo que quien lo repartió y vigiló no era Enrique, se trataba de la secretaria de la facultad. No podíamos preguntar ni una duda. A mi no me importó, me lo sabía todo. Mi verano iba a ser fantástico.

NO MONEY, NO GAME



No tengo dinero para emborracharme este fin de semana. Ya se puede acabar, no me está gustando.



Beat generation

martes, 25 de noviembre de 2008

MALDITOS AGUJEROS


No soporto agujeros antinaturales. Es más odio cualquier tipo de boquete, orificio o perforación en sitios donde no corresponden (a excepción de los piercings, aunque los hay que echan para atrás).
Ayer por la tarde acompañé a mi primo pequeño a comprarse unos Gogo’s, que parecen invención de ahora, pero tienen más años que un bosque, y se encontró con uno en forma de moco verde grande con dos ojos enormes y un agujero en el estómago; defecto de fábrica. Me entraron unas ganas de vomitar enormes. El verde también lo odio.

miércoles, 19 de noviembre de 2008

one nuclear bomb can ruin your whole day


Segunda parte:


aunque uno sepa que es el fin del mundo no puede evitar tener que dormir, por lo menos un poquito...

Me desperté sin reloj, con la sensación que nunca había dormido. Vencí a la pereza con la excusa de aprovechar cada minuto y fui a la cocina. A veces parece que nada nos hará reaccionar. Todo seguía igual. Como cada mañana a las once en punto, el cartero llamó al telefonillo insistentemente. Sabe que somos los únicos del edificio que estamos en casa a esas horas y que si insiste tarde o temprano le abrimos. Normalmente le abro sin responder. Esta vez le di los buenos días. –Lo siento cartero, debería haber empezado a darte los buenos días mucho antes, pero no sabía que el mundo se iba a acabar. Me lavé los dientes y salí a la calle.
La guerra ha terminado. Un chico con media melena y pantalones vaqueros lucía orgulloso su nueva camiseta. –La compré en una tienda vintage, contaba a su amigo. Las letras en negro sobre el fondo color hueso del algodón usado aumentaba el carácter dramático de la sentencia. La guerra ha terminado. –Ojala, pensé mientras me iba alejando lentamente de su casa con pasitos muy muy cortos.
En la tienda de bromas de la calle Mayor hay un sin fin de artículos. Lo gracioso y lo que la hace especial es que está tan bien decorada y las bromas tan bien elaboradas que casi nadie se da cuenta que lo que está cobrando es en realidad otra cosa, que revela su verdadera naturaleza cuando el inicialmente agradecido cliente intenta utilizarlo para el uso que aparenta, encontrando un resultado inesperado.
La tienda de animales domésticos no daba abasto. El fin del mundo es un poco como Navidad. En Navidad todo el mundo necesita compañía y no hay nada mejor que un hámster o una tortuga, dependiendo de si eres chico o chica o si creciste en el campo o en la ciudad. No sé cual va con cuál pero es así. Los dueños, una pareja inglesa de estilo afrancesado regentaban también una peluquería para caniches y un restaurante animal llamado “Bistro du Milu” donde los clientes, además de regocijarse con la calidad de la comida disponían de una pequeña zona acondicionada para dejar a sus dueños mientras disfrutaban de una velada. Entré y pedí un café con leche de soja. Dos pekineses tomaban té comentando cosas sin importancia con un galgo salido de la peluquería y al que le esperaba un día muy largo. Abrí el periódico por la página del horóscopo y por culpa de un error de maquetación el signo anterior al mío aparecía repetido dos veces. Cerré el periódico y miré por la ventana. Una pegatina en el cristal brillaba con letras fosforescentes: “Una bomba nuclear puede arruinar todo tu día”. Sonreí mirando el cielo de rojo fuego. El café olía tan bien…
This Will Destroy You_ the world is our

EL SECRETA


Sí, anoche le pegué a un policía.
Todo empezó por el final…
El fin de semana se planteaba rutinario, más de lo mismo; salida al centro, beber, beber, beber y más beber, unas risas con los amigos, algo de buena música en el garito de siempre y vuelta a casa… resaca…
Jueves por la noche, me llaman al móvil: - ¡ Yeeh que pasa tio!, hace un montón que no te veo, vente para Granada el viernes y pasas aquí el fin de semana.
Una gran alegría invadió mi cuerpo. Sí, aun me quedan amigos que son capaces de cambiar tu estado de ánimo con tan solo una palabra. Poquitas cosas pueden darme esa satisfacción.
Viernes noche. Mucho alcohol está rulando por el cuarto de casa de un colega de mi amigo, una bandera española enorme colgada en la habitación, zapatos, camisas, pantalones bien subidos y pelos bien peinados; no es mi ambiente, lo sé, no me siento muy cómodo, pero ¿qué coño?!! tengo a uno de mis mejores amigos al que hacia tiempo que no veía, emborrachémonos juntos, recordemos viejos tiempos!!
De la discoteca a la que entramos apenas me acuerdo, pero de la vuelta a casa… ese es otro tema. No me drogo, y creo que jamás lo haré, pero la hiperactividad me come cuando voy de camino de vuelta. Sin pensarlo le pegué una patada a una papelera que salió volando y calló al suelo; no le di mucha importancia, pero parece ser que a un yonki que andaba por allí si. Se acercó a nosotros y empezó a gritarnos, que vaya asco de gente, vándalos de mierda, y cosas del estilo y me gritó que pusiera bien la papelera. En un primer momento pude entenderlo incluso me agaché para colocarla, pero me di la vuelta y vi como le gritaba y encaraba a mis dos amigos de unas formas que pronto se les tiraría al cuello, o bien sabe qué hubiese pasado. No pude pensarlo, me acerqué a ellos y les dije que corriesen a la de 3, sin meditarlo, solté un puñetazo a la cara del nota con todas mis fuerzas; aun recuerdo el grito que soltó el heroinómano. Se calló al suelo pero al momento se levantó gritando que era policía secreta y salió corriendo para avisar a sus compañeros. Corrimos un poco calle abajo aunque tampoco nos tragamos aquella historia y reanudamos el paso normal (bueno en aquel momento de borracho), pero al momento escuché alguien corriendo hacia nosotros, giré la cabeza, estaba ahí ataviado con un chaleco reflectante y una porra de la que poco pude ver ya que le faltó tiempo para pegarme. Tuve suficientes reflejos para pararla con el codo (que poco tiempo después pensaba que estaba partido), y le solté una patada en el estómago. En ese momento no te paras a pensar nada, tu instinto, el más básico, se apodera de ti y te dice ¡corre!, ¡corre y no pares!, agarré a mis amigos de las camisetas y no volví a ver aquel yonki-poli. Me sentía bien, me sentía vivo y feliz…

martes, 18 de noviembre de 2008

c'est la vie


parte 1:


Los primeros en morir fueron los camaleones. Al principio las llamas no habían llegado a las ciudades y nadie les prestó atención. Poco tenía el fuego que hacer en las junglas de cemento y metal habiendo tantas otras cosas para quemar en el mundo. El cielo sin embargo si que cambió de color desde el primer día. Un extraño color entre rosa y rojo que brillaba constantemente incluso en las noches en las que la luna se tomaba un par de días de descanso. Por eso supe que esta vez iba en serio. Ese color presagiaba algo diferente. Los camaleones intentaban imitar, sin conseguirlo, el rojo que al cubrir el cielo en su totalidad filtraba la luz tiñendo el mundo terrestre. Les estresaba tanto que al cumplir una semana justa del cambio de color se suicidaron en masa con un gran ritual en el cual tomaron veneno de sapo que les proporcionó un chamón de Arizona cuya otra ocupación era lavar las almas de los que, por desgracia, habían estado años asesinando inocentes.
Los mejillones y los cerdos desaparecieron la misma semana, justo seis días después que los camaleones. El séptimo día, el fuego llegó a los barrios dormitorio de las afueras. La gente se mudó con lo puesto al centro y el precio del alquiler se disparó con una escopeta de cañones recortados y a bocajarro (y eso que las condiciones de los pisos dejaban mucho que desear para reformar). El césped de los adosados se consumió y los ratones de campo se mudaron a la gran ciudad. Los precios de las alcantarillas también se dispararon, pero con pistolas de agua de gran potencia. Las cucarachas, al ver que el fin del mundo no venía por un ataque nuclear, sufrieron una epidemia de pánico nervioso que las eliminó a todas. Algunas en el acto, de un ataque al corazón y el resto por diferentes afecciones relacionadas con la ansiedad.El cielo seguía rojo intenso. Las temperaturas oscilaban entre calores desérticos y fríos extremos, pasando uno a otro en intervalos primero de una hora, luego de media y ahora de quince minutos. Aunque uno sepa que es el fin del mundo no puede evitar tener que dormir, por lo menos un poquito.