
parte 1:
Los primeros en morir fueron los camaleones. Al principio las llamas no habían llegado a las ciudades y nadie les prestó atención. Poco tenía el fuego que hacer en las junglas de cemento y metal habiendo tantas otras cosas para quemar en el mundo. El cielo sin embargo si que cambió de color desde el primer día. Un extraño color entre rosa y rojo que brillaba constantemente incluso en las noches en las que la luna se tomaba un par de días de descanso. Por eso supe que esta vez iba en serio. Ese color presagiaba algo diferente. Los camaleones intentaban imitar, sin conseguirlo, el rojo que al cubrir el cielo en su totalidad filtraba la luz tiñendo el mundo terrestre. Les estresaba tanto que al cumplir una semana justa del cambio de color se suicidaron en masa con un gran ritual en el cual tomaron veneno de sapo que les proporcionó un chamón de Arizona cuya otra ocupación era lavar las almas de los que, por desgracia, habían estado años asesinando inocentes.
Los mejillones y los cerdos desaparecieron la misma semana, justo seis días después que los camaleones. El séptimo día, el fuego llegó a los barrios dormitorio de las afueras. La gente se mudó con lo puesto al centro y el precio del alquiler se disparó con una escopeta de cañones recortados y a bocajarro (y eso que las condiciones de los pisos dejaban mucho que desear para reformar). El césped de los adosados se consumió y los ratones de campo se mudaron a la gran ciudad. Los precios de las alcantarillas también se dispararon, pero con pistolas de agua de gran potencia. Las cucarachas, al ver que el fin del mundo no venía por un ataque nuclear, sufrieron una epidemia de pánico nervioso que las eliminó a todas. Algunas en el acto, de un ataque al corazón y el resto por diferentes afecciones relacionadas con la ansiedad.El cielo seguía rojo intenso. Las temperaturas oscilaban entre calores desérticos y fríos extremos, pasando uno a otro en intervalos primero de una hora, luego de media y ahora de quince minutos. Aunque uno sepa que es el fin del mundo no puede evitar tener que dormir, por lo menos un poquito.
Los mejillones y los cerdos desaparecieron la misma semana, justo seis días después que los camaleones. El séptimo día, el fuego llegó a los barrios dormitorio de las afueras. La gente se mudó con lo puesto al centro y el precio del alquiler se disparó con una escopeta de cañones recortados y a bocajarro (y eso que las condiciones de los pisos dejaban mucho que desear para reformar). El césped de los adosados se consumió y los ratones de campo se mudaron a la gran ciudad. Los precios de las alcantarillas también se dispararon, pero con pistolas de agua de gran potencia. Las cucarachas, al ver que el fin del mundo no venía por un ataque nuclear, sufrieron una epidemia de pánico nervioso que las eliminó a todas. Algunas en el acto, de un ataque al corazón y el resto por diferentes afecciones relacionadas con la ansiedad.El cielo seguía rojo intenso. Las temperaturas oscilaban entre calores desérticos y fríos extremos, pasando uno a otro en intervalos primero de una hora, luego de media y ahora de quince minutos. Aunque uno sepa que es el fin del mundo no puede evitar tener que dormir, por lo menos un poquito.

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