miércoles, 19 de noviembre de 2008

one nuclear bomb can ruin your whole day


Segunda parte:


aunque uno sepa que es el fin del mundo no puede evitar tener que dormir, por lo menos un poquito...

Me desperté sin reloj, con la sensación que nunca había dormido. Vencí a la pereza con la excusa de aprovechar cada minuto y fui a la cocina. A veces parece que nada nos hará reaccionar. Todo seguía igual. Como cada mañana a las once en punto, el cartero llamó al telefonillo insistentemente. Sabe que somos los únicos del edificio que estamos en casa a esas horas y que si insiste tarde o temprano le abrimos. Normalmente le abro sin responder. Esta vez le di los buenos días. –Lo siento cartero, debería haber empezado a darte los buenos días mucho antes, pero no sabía que el mundo se iba a acabar. Me lavé los dientes y salí a la calle.
La guerra ha terminado. Un chico con media melena y pantalones vaqueros lucía orgulloso su nueva camiseta. –La compré en una tienda vintage, contaba a su amigo. Las letras en negro sobre el fondo color hueso del algodón usado aumentaba el carácter dramático de la sentencia. La guerra ha terminado. –Ojala, pensé mientras me iba alejando lentamente de su casa con pasitos muy muy cortos.
En la tienda de bromas de la calle Mayor hay un sin fin de artículos. Lo gracioso y lo que la hace especial es que está tan bien decorada y las bromas tan bien elaboradas que casi nadie se da cuenta que lo que está cobrando es en realidad otra cosa, que revela su verdadera naturaleza cuando el inicialmente agradecido cliente intenta utilizarlo para el uso que aparenta, encontrando un resultado inesperado.
La tienda de animales domésticos no daba abasto. El fin del mundo es un poco como Navidad. En Navidad todo el mundo necesita compañía y no hay nada mejor que un hámster o una tortuga, dependiendo de si eres chico o chica o si creciste en el campo o en la ciudad. No sé cual va con cuál pero es así. Los dueños, una pareja inglesa de estilo afrancesado regentaban también una peluquería para caniches y un restaurante animal llamado “Bistro du Milu” donde los clientes, además de regocijarse con la calidad de la comida disponían de una pequeña zona acondicionada para dejar a sus dueños mientras disfrutaban de una velada. Entré y pedí un café con leche de soja. Dos pekineses tomaban té comentando cosas sin importancia con un galgo salido de la peluquería y al que le esperaba un día muy largo. Abrí el periódico por la página del horóscopo y por culpa de un error de maquetación el signo anterior al mío aparecía repetido dos veces. Cerré el periódico y miré por la ventana. Una pegatina en el cristal brillaba con letras fosforescentes: “Una bomba nuclear puede arruinar todo tu día”. Sonreí mirando el cielo de rojo fuego. El café olía tan bien…
This Will Destroy You_ the world is our

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