
Llevaba ya más de 3 semanas de retraso en el alquiler. La dueña del apartamento, la canosa y vieja dueña del apartamento no hacía más que escribirme notas y correrlas bajo mi puerta. Su marido había muerto hace años y estaba completamente sola en el mundo, no confiaba en nadie, no podía permitírselo, me lo dijo con esas mismas palabras. Yo tenía que pagar de una vez, tenía que pagar o marcharme, pagar hasta el último céntimo: Tres semanas a cuenta, 150 euros, y si no se quedaría con mis baúles y cajas. Solo que yo no tenía ni baúles ni cajas, solo una maleta, de cartón duro además, sin una maldita correa siquiera; porque la correa la tenía alrededor de la cintura, sujetándome los pantalones, lo que tampoco era demasiado útil ya que apenas tenía pantalones.
-Acaba de escribirme mi representante- le dije. –Me ha dicho que los nuevos temas tienen alma propia, que pueden ser un gran éxito. Lo grabaremos pronto, así que no se preocupe señora Evans (canosa y vieja), no tenga miedo, en menos de una semana tendrá todo su dinero y más-.
Pero no podía creer a un embustero como yo. En realidad no era una mentira; era un deseo, no una mentira, y quizá ni siquiera un deseo, tal vez un hecho consumado y la única manera de saberlo era vigilar la llegada del cartero, observarlo con atención, revisar las cartas cuando las dejaba en la mesa del vestíbulo, preguntarle a bocajarro si había alguna para John F. Aunque después de seis meses en aquellos apartamentos no tenía que preguntarle. Me veía llegar y siempre me hacía un ademán afirmativo o negativo con la cabeza antes de que le hiciera ninguna pregunta: no, tres millones de veces; sí, una vez. Jamás me grabarían ningún tema. Jamás tendría éxito en la música. Solo y cuando el fin del mundo esté cerca, vendrán a mí.
-Acaba de escribirme mi representante- le dije. –Me ha dicho que los nuevos temas tienen alma propia, que pueden ser un gran éxito. Lo grabaremos pronto, así que no se preocupe señora Evans (canosa y vieja), no tenga miedo, en menos de una semana tendrá todo su dinero y más-.
Pero no podía creer a un embustero como yo. En realidad no era una mentira; era un deseo, no una mentira, y quizá ni siquiera un deseo, tal vez un hecho consumado y la única manera de saberlo era vigilar la llegada del cartero, observarlo con atención, revisar las cartas cuando las dejaba en la mesa del vestíbulo, preguntarle a bocajarro si había alguna para John F. Aunque después de seis meses en aquellos apartamentos no tenía que preguntarle. Me veía llegar y siempre me hacía un ademán afirmativo o negativo con la cabeza antes de que le hiciera ninguna pregunta: no, tres millones de veces; sí, una vez. Jamás me grabarían ningún tema. Jamás tendría éxito en la música. Solo y cuando el fin del mundo esté cerca, vendrán a mí.

No hay comentarios:
Publicar un comentario