lunes, 22 de junio de 2009

Luz roja


Volví a casa como cada noche. Borracho, dando tumbos, pegando trompazos contra las paredes, sin saber como había conseguido llegar hasta la puerta, sin saber quién me había traído a casa, sin saber porque. Pero ésta fue diferente. Abrí la puerta con las manos temblorosas buscando la llave que encajaba con la cerradura. Tras agacharme varias veces a recogerlas y repetir la operación conseguí por fin girar el pomo, entré. Fui hacia la cocina sin encender luces, aquello ya era piloto automático. Abrí la nevera y saqué una cerveza. Volví hacia atrás y me dirigí al salón. Una luz roja se colaba por la rendija inferior de la puerta. Caminé un poco más y alcancé a empujarla. Allí estaba ella, medio tumbada en el sofá con la boca abierta, y espuma, mucha espuma mezclada con babas y algo de sangre goteaban su barbilla. Esta situación sabía que llegaría tarde o temprano pero jamás pensaría como reaccionaría mi cuerpo, mi mente, mi polla. La luz de la habitación, como había demostrado la rendija, era roja, la lámpara de pie estaba cubierta con un velo semi-transparente rojo dando un aspecto más tétrico. Era como si la muerte hubiese pasado para hacer todo aquello más bizarro y sin sentido alguno. Me senté a su lado, sin más. La contemplé un rato y con la manga de mi camiseta le limpié los labios y la cara en general. Aun estaba algo caliente. Quién sabe, una o dos copas menos en el bar, una conversación menos inerte e insustancial con una mujer sucia de la zona, una meada menos en aquellos retretes sin retretes y puede que hubiese llegado con tiempo suficiente como para evitarlo, cogerla y llevármela a la cama y hacerle el amor muy duro. Pero no fue así. Sus ojos estaban cerrados, no era como yo me esperaba y como yo había visto en las películas que se quedaban entre abiertos blancos y fríos. Comencé a besarle el cuello y con la otra mano iba acariciando sus pechos. Le desabroché la blusa y le quité el sujetador, aquella sensación era muy extraña, lo normal sería que todo su cuerpo comenzase a calentarse lenta y apasionadamente, pero ahora iba enfriándose cada vez más. Me bajé la bragueta de los pantalones y saqué mi polla acercándola a su boca. Intenté abrirla pero esta no cedía; estaba dura, la boca, no mi polla. Caí de espaldas contra el suelo y comencé a llorar. Llanto de desconsuelo y tortura.
Me desperté con la luz del sol dándome en los ojos, me puse de pie y salí de allí, por la puerta grande. Sin mirar a atrás, sin pensar en más.

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