jueves, 12 de febrero de 2009

Jenny, carta de amor


Salí de trabajar a eso de las ocho y media de la tarde. Había sido un día duro y sobre todo largo, muy largo. El tiempo durante el curro parecía detenerse incluso retroceder, pero al fin sonó la campana y todos nos dirigimos a fichar.
Volviendo a casa me entró un calentón de los que parece que te va a explotar la polla. Aquello era una señal, llevaba mucho tiempo sin meterla en alguna guarra; no por nada, sino porque había perdido toda la ilusión en cualquier mujer existente en el planeta Tierra. Llegué al apartamento y me di una ducha rápida y me puse ropa limpia, aunque tampoco la palabra limpia la podría describir bien, digamos que estaba menos sucia que la del trabajo. Llamé a unos amigos, parásitos de la sociedad, no trabajaban, pero se las arreglaban para de una manera u otra cobrar el paro o subsidio. Compramos varias botellas de wisky barato y bebimos en el parque sin apenas cruzar palabra alguna. Me cansé de estar con ellos y me fui a un garito cerca de la estación de autobuses. Aquello echa peste, toda la gentuza de la ciudad se reúne en estos alrededores para conspirar y mearse el uno al otro. Quise beber una cerveza antes de meterme en la cama, y al entrar al bar fue como un rayo directo caído del cielo. Era negra (nunca antes me había fijado en una, ni siquiera pensado en alguna para mis masturbaciones), algo más alta que yo, su pelo aunque rizado era largo, casi amazónico y le llegaba hasta el trasero, bonita palabra para describir ese precioso culete ni grande ni pequeño, simplemente bien formado. Los pechos no eran muy grandes, pero si que estaban bien puestos y con eso me bastaba. Tenía unos ojos preciosos y su boca era deliciosa. Todo fue cuestión de unas cervezas y al cabo de un mes le propuse que se viniera a vivir conmigo.
Lo más increíble de esto era que esta noche me había propuesto follar, y no lo conseguí, pero me enamoré. Desde que la conocí no habíamos tenido SEXO, ni siquiera un ligero magreo. Jessy se ponía muy nerviosa cada vez que nos besábamos y ponía mi mano en el interior de su muslo. Sinceramente, ya estába un poco harto de tener que cascármela a escondidas, quería sexo, sexo del bueno con ella. Hasta que llegó el dia…
Era sábado por la tarde y nos estábamos preparando para salir a dar una vuelta. En el momento de salir por la puerta para ir a la calle Jessy tubo que ir corriendo al baño, se estaba meando. Me quedé esperando, pero quise observarla mientras meaba. Asomé el ojo por la puerta entrecerrada y no lo podía creer. Jessy meaba de pie.
Estaba sujetando su enorme polla con una mano. Noté una ligera erección, jamás pensé que se me pondría dura con un travesti, pero esa escena superó todos mis esquemas. Sin dudarlo, irrumpí en el baño y del susto se calló y se golpeó en la cabeza. No fue nada grave pero temblaba como una condenada o condenado. La besé en la frente y le dije:
- No te preocupes, no pensé en esto jamás. Pero no estoy asustado, mi amor está por encima de todo.
- ¿Entonces…?
- Calla y disfruta zorra.
Esa noche no llegamos a salir de casa, ni siquiera el domingo. No paramos de hacerlo durante el resto del fin de semana, nos cambiábamos, unas veces daba Jessy, otras yo. Disfrutábamos de cualquier forma. Hasta que el cansancio nos pudo, y nos dormimos abrazados hasta el lunes.
Me levanté sin saber donde me encontraba. Por un momento no recordaba nada, ni me sonaba aquella habitación, pero poco a poco, los recuerdos volvieron a mi cabeza. Fui rápido al baño y empecé a vomitar. El culo me dolía muchísimo y eso me hizo vomitar aun más. Al terminar y volver al dormitorio, Jessy seguía dormida con la boca abierta y las sábanas a medio cuerpo dejando asomar sus pequeños pechos.
Saqué un largo cuchillo del primer cajón y volví corriendo. Ira, rabia y sobre todo asco, mucho asco. Grité pero no se despertaba. Le escupí en la boca y en la cara y abrió los ojos.
- Mmm, buenos dias gordo. ¿Te has levantado tontorrón esta mañana?
- ¡Calla joder! Eres repulsiva.
- ¿Cómo? Es que no te enti…
No pudo terminar la frase. Le pegué con el puño en la boca y se dio con el cabecero de la cama en la nuca. Comenzó a gritar. Joder, esos gritos no eran de mujer, eran del puto maricón que llevaba dentro. Seguí pegandole y notaba como mis puños se llenaban de sangre. Ella gritaba y arañaba, uno de esos arañazos consiguió acercarme en el ojo y creo que yo también empecé a sangrar. Cogí el cuchillo del suelo y se lo clavé en el cuello, una y otra vez. El sonido era sobrecogedor, y la sangre salía como si de una pistola de agua se tratase.
Volví a vomitar y me fui corriendo a la calle. Me tropecé con un cubo de basura y un señor que pasó a mi lado se me acercó y me preguntó si me encontraba bien.
- No joder, ¡acabo de matar a alguien!
- ¿Pero qué demonios estás diciendo muchacho? ¿A quién has matado si se puede saber?
- A mi amante. La he matado, o lo he matado. Era un puto transexual. He matado a un transexual.
- ¿Estás seguro de que era transexual?
- Joder, claro que sí, nos pasamos todo el día de ayer follando, pero al levantarme me pareció repulsivo. No soy maricón y jamás había pensado en tener sexo con un tío.
- ¿Oye escucháis eso? Comenzó a gritar a todos los que pasaban por allí. ¡Acaba de matar a un transexual!
Se oyeron cuchicheos entre el gentío que se amotinaba a nuestro alrededor. Empezaron a sonar palmadas, poco a poco la gente comenzó a aplaudir, hasta que miré sus caras uno a uno. Todos parecían felices, aplaudían con entusiasmo y gritaban al unísono MUERTE A LOS TRANSEXUALES. Me estaban apoyando, estaban de mi parte. No me lo podía creer, todo era surrealismo puro y duro, hasta que finalmente yo también comencé a aplaudir, fuerte, muy fuerte, me reía, y gritaba a la vez. Vaya sensación, era increíble, si tenéis alguna vez la oportunidad de disfrutarla vosotros también, no la desperdiciéis.

No tengo nada en contra de los transexuales, bastantes problemas tienen ya encima. Pero yo también tengo mis problemas, muchísimos y lo último que quiero es que me jodan el culo.

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