domingo, 22 de febrero de 2009

UN GORDO CON CLASE


Arturo, 14 años, 165cm, pelo castaño desaliñado, mofletes rojos, poco cuello, más tetas que algunas de las chicas de mi clase, ombligo grande y profundo, falta de vello púbico, pene pequeño y pies planos. Esto no es una puta presentación para buscar pareja en un programa basura, pero me gusta describirme de forma escueta y clara; para qué andarme con rodeos. Soy el típico chico que siempre poseen todas las clases de un colegio, aquél al que llamarle GORDO o al que chantajearle con chucherías para que enseñe la tripa. Sinceramente me la suda si se ríen de mí. No soy nada raro, aparte de mis gafas culo-vaso, hago lo que cualquier otro chico normal; me gusta el fútbol, las videoconsolas, mirarle las bragas a Patricia la chica más guapa de mi clase, pajearme unas 2 veces diarias, o 3 si sale Patricia Conde en televisión, colecciono piedras de colores y soy malo en educación física. Creo que lo único que me diferencia de los demás es mi afición a quemar cosas con mis gafas culo-vaso. Me las quito, y las sujeto con mi mano apuntando hacia el objeto a quemar, y a modo lupa dejo que el sol atraviese el tristal y comience a derretir el plástico o a arder la hormiga.
Todo empeoró un día en el que fui a casa de mi primo mayor Miguel. Tenía 18 años y pese a ser un chulillo que se mete siempre en peleas, a mí me trata como un colega más. Era su cumpleaños y los padres le habían dejado la casa para que invitara a sus amigos y celebrara una pequeña fiesta. Me dijo que me pasara a eso de las 10 de la noche y que podía traer a un amigo. Avisé a Curro, pero ese asqueroso prefiere quedarse en casa jugando al Doom online.
Llegué a la casa andando, algo cansado y sudado por la larga caminata. Aquello era un mundo nuevo, nunca había visto tantas chicas con tan poca ropa juntas, la música era atrapante y había un espeso humo flotando en el ambiente. Miguel me sirvió el primer cubata de mi vida. Ron con coca-cola. Aquello estaba asqueroso, pero por cada sorbo que daba veía como me iba animando y la risa tonta se apoderaba de todo mi ser.
Me desperté en un sofá sin pantalones y como el resto dormían, busqué algo con lo que taparme y volví a casa con un dolor de cabeza insoportable. Era domingo y jugué a la consola horas y horas.
Como todos los lunes, fui a clase y me pasé la primera hora sobando en la mesa, pero ese día no conseguí dormirme, me sentía atacado por miradas y risas entre dientes. No comprendía la situación, tenía la bragueta subida y no se me había quedado restos de leche en la comisura de los labios, ¿de qué coño se reían esos mierdas?
En el recreo un chico de un curso superior pasó a mi lado y me pegó un puñetazo en la polla.
- ¡Creo que ahora mearas por tu precioso coño, gordo de mierda!
- (Con lágrimas en los ojos)¿Pero que cojones haces cabrón?
- ¿Me estás llamando cabrón gordo mini polla?
- ¿Qué has dicho? ¿mini qué?
- Pues lo que has escuchado majara, MINIPOLLA. Todos sabemos el tamaño de tu nabo. Seguro que te meas encima porque no te la encuentras.
- ¿Y tú cómo sabes si la tengo grande o enana? Te gusta espiarme mientras voy al baño eh marica.
- Jajajaja, mira el gordo con gafas culo-vaso se pone vacilón. Todo el mundo tiene tu video. (Saca barriga y hace como el que se baja los pantalones).
En ese momento se acerca un chico y saca su móvil. Me enseñó un video. Era del sábado por la noche y aparecía yo completamente borracho y fuera de mí, sin ropa y revolcándome por el suelo imitando a un cerdo.
Llamé desde una cabina a mi primo Miguel. Me contó que acepté una apuesta en la que si imitaba a un cerdo completamente desnudo podía sobar las tetas de una golfa que había allí.
La sangre bombeaba mi corazón con mucha fuerza, todo mi cuerpo estaba completamente tenso y respiraba aceleradamente. Quería matar a Julián. Ese tío se había encargado inmortalizar el momento de mi descontrol físico y mental y había pasado el vídeo a todo el que pudo. Lo busqué durante un rato y por fin di con él. Sentado en un banco. A su lado estaba Patricia dispuesta a dejarse tocar por el asqueroso ese. Entre risitas Julián ponía la mano en la pierna de Patri y subía lentamente.
Dios mío jamás había sentido tanta adrenalina recorriendo mi voluminoso cuerpo. Sin pensármelo dos veces, me quité las gafas y me coloqué tras su nuca. Era el momento perfecto, 12:46 de la mañana y el sol incidía con mucha fuerza abrasando pieles y evaporando agua. Un pequeño punto blanco apareció en la parte posterior de la cabeza de Julián. Allí estaba yo, con pulso de cirujano manteniendo las gafas en alto, notando como el sol se filtraba por ellas y calentaba la cabeza de ese jodido, que con la atención en otro tema, no se enteraba de nada. Sin esperarlo, se escuchó un crujido y mi cara se empapó de sangre oscura y espesa. Caí al suelo del susto y por un momento no entendía nada. Me quité la camiseta y limpié la sangre de mi cara. Joder, Julián gritaba como una loca y rodaba por el suelo manchando todo de sangre. Al apartar la mano de su cabeza vio que sostenía parte de su globo ocular. Comenzó a vomitar. NO entendía nada de lo ocurrido, pero yo reía, reía descontroladamente, se me caía la baba e incluso me oriné encima, no podía parar de reír y gritar la palabra CERDO.
A partir de ese día, nadie se quería acercar a Julián. Un agujero asqueroso le recorría la cabeza y a través de él contemplabas lo que tenía detrás, como si se tratase de una mirilla de una puerta. Cuando se excitaba, comenzaba a brotarle sangre del agujero, algo repugnante y por lo tanto ya no había ninguna sola chica en toda la ciudad que quisiera echar un polvo con él. Había ganado aquella partida. Me encanta tener gafas.

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