jueves, 1 de octubre de 2009

Mosquitoes are dangerous at night



Todo verano tiene su noche de mosquitos.

El mío prácticamente ya había terminado, y septiembre estaba entrado. Llevaba largo rato frente al ordenador, sin sueño, sin interés en lo que estaba viendo. Simplemente quería que pasase el tiempo y que la cama me llamase. Harto de tanto porno apagué el ordenador, apagué las luces y me relajé entre las sabanas. Fue entonces. Él. Él estaba ya allí conmigo. Desde hace bastante rato, pero el muy hijo de puta le gusta hacerse esperar, hacerse notar, por así decirlo. Un zumbido en mi oreja derecha. Mierda. Bah, seguro que se irá. otro zumbido, y otro más, y así largo rato. Enciendo la luz. Busco por el techo, por las paredes, como un niño cuando le llevan a ver las estrellas y no encuentra ni una puta constelación. Miro de aquí para allá, y de norte a sur. Nada. Vuelvo a apagar las luces. Al instante un gran caza F18 vuelve a zumbar por mi oreja, del susto casi caigo al suelo. Terminé rendido, entregado ante su invencible aguijón. Supongo que mi sangre se lo ponía duro. Muy duro.

Me levanté a la mañana siguiente con la almohada medio húmeda. Debí dormir con la boca bien abierta, supuse. Me picaba mucho detrás de la oreja izquierda. Me rasqué y palpé algo tremendamente blando, y húmedo también. Corrí al espejo del baño pero no conseguía verme allí detrás. Cogí otro pequeño espejo y haciendo juego entre ellos lo vi. Era como una herida enorme, una pupa que supuraba un líquido blanquecino. Tras largo rato intentando buscarle una forma a ello que me resultaba bien familiar, caí en la cuenta de que se parecía a un enorme coño. un COÑO grande y mojado, y con el pelo de mi cabeza la escena era mucho más grotesca. Pelo púbico y coño, todo en uno. Vaya putada pensé. Fui al médico con un gorro de lana, aunque hacía bastante calor. Aquel líquido calaba y me apresuré para llegar lo antes posible.
Tras un rato de espera. Entré en la consulta y me lo examinó. – Ohh-. Fueron sus palabras. Lo examinó de nuevo. –ohh, vaya chicho, me parece que anoche dormiste con el insecto equivocado. Nunca había visto una picadura de este tipo, pero sí que he oído hablar de ellas, son extrañas, muy extrañas-. Mientras lo tocaba, lo examinaba como si nunca antes hubiese tocado un coño y fuese lo más parecido a uno real. –ooh-, volvía a decir . – Debes quitarte ese gorro, dejar que se seque con el aire, y úntate esta pomada dos veces al día.
Así hice. Me dirigí a la parada de autobús con el gorro en la mano y mi enorme coño detrás de la oreja izquierda. Mientras hacía cola, mi enorme coño me picaba, muchísimo, y yo me rascaba. Cuanto más fuerte más picaba y más supuraba ese liquidito que ya me estaba manchando el hombro. Escuchaba como la gente cuchicheaba a mis espaldas. – eh mira ese chabal, ¿es eso un coño enorme?, oh si, eso parece, ey mirad como se lo toca, joder parece que eso le excita, cada vez va más rápido, se va a correr, está húmedo, sí, mirad-

Llegué a casa llamando al suicidio a gritos. Pero este estaba muy ocupado, al menos ese día.

Los días pasaron, y los meses también. Pensaba que el tiempo de curación sería más rápido, pero los médicos a los que iba a visitar de vez en cuando, parecían excitarse más con mi coño tras la oreja que decirme cuando acabaría aquel horror, así que aprendí a convivir con ello. Un día haciendo la compra, me choqué con una chica. Rubia, bonitos ojos y bonito cuerpo también. Le tiré con el golpe algunas lechugas que recogí del suelo y se las volví a colocar en la canasta. Tras varias frases estúpidas de ligoteo quedamos en cenar aquella noche. No me había visto el coño, aún. Y pese a la pequeña depresión que sufría por mi órgano sexual mal colocado, aun no había perdido aquella gran habilidad que el gran DIOS me había otorgado con las chicas.
La cena fue buena y de lo más agradable. Fuimos a su piso y abrió una botella de vino. Bebimos. Abrió otra y seguimos bebiendo. Luego pasamos al whisky. Sonaba buena música de fondo y mi coño lo había logrado ocultar con un buen peinado hacia el lado. Bebimos muchísimo y comenzamos a besarnos. Yo sacaba la lengua y ella también. Le mordía la oreja y el cuello. Puse una mano en el interior del muslo y comencé a subir. Seguíamos besándonos, babeando. Le metí mano por debajo de la falda y de las bragas. Joder, parecía que el coño de mi oreja izquierda también se excitaba y notaba cómo supuraba más aun. Le quité la blusa y le besé el pecho, un buen señor pecho, terso y duro. No me dí cuenta hasta que lo toqué. Grité, grité como un loco. Aquella tía tenía una enorme polla blancucha arriba del ombligo, pegada al pecho con cinta adhesiva, pero se la notaba en plena tensión. ¿Qué mierda era aquello?

Me lo explicó, me explicó todo. Ella también había sufrido la tremenda picadura de aquella especie de mosquito del infierno, solo que al parecer, a las tías les afectaba en sentido opuesto. Aquello era irracional, una película dirigida por Lynch. Yo también le enseñé mi enorme picadura-coño y tras unos segundos algo incómodos, comenzamos a hacerlo. Nos frotábamos bien duro. Mi cabeza contra su barriga. Polla contra coño. Coño contra polla. Éxtasis en estado puro. Se corrió y fue estupendo.
Dormimos abrazados.
Me desperté a la mañana siguiente con una tremenda resaca. No conseguía levantarme ni un solo centímetro, y eso que me meaba como hacía siglos que no me ocurría. La cabeza me dolía, me daba vueltas y me pesaba, muchísimo. Revisé, como todas las mañanas mi coño con la mano, siempre con la esperanza de que ya no estubiese allí. Pero mi mano chocó con una enorme bolsa, colgando de mi cabeza, detrás de la oreja. Eran huevos. De mi coño brotaba una enorme bolsa de huevos que contenían pequeños mosquitos. Mosquitos del infierno. en su interior. El señor suicidio por suerte tenía hueco en su agenda y pasó a visitarme. Un buen golpe entre ceja y ceja. Un buen cuchillo afilado. Inoxidable. Vosotros, mosquitos del infierno venís conmigo. Vuelta a casa. ¡PAM!


Foto: Slinoice y Sctero por KekoDreucol